• Sobre Jaime Guzmán

    Columnas sobre Jaime Guzmán, pionero de verdad en la teoría y en la acción.

    “La política, entendida como el arte de gobernar, constituye una de las más nobles funciones a que puede dedicarse el esfuerzo humano. Implica superar el egoísmo de limitarse al propio interés personal, para volcarse al servicio de la comunidad”. (Jaime Guzmán)

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  • Bibliografía de Formación fundamental

    Bibliografía de Formación fundamental para universitarios y profesionales jóvenes

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Wednesday, July 29, 2009

¿Existe ese político?

¿Qué se le podría (o debiera) pedir a ese político chileno cuya presencia plena deseamos con tanta ansiedad, para que sea él quien supere le mediocridad en la que se mueven tantos otros?

Vaclav Havel, el coloso que ejerciera sucesivamente, las presidencias de la República de Checoeslovaquia y de la República Checa, entre 1989 y 2003, ha develado las claves más profundas de su propia actuación, aquellas que son al mismo tiempo un atractivo imán y un listón a superar para ese político chileno que todos sabemos que tiene que cuajar.

De la lectura de decenas, quizás de cientos de textos de Havel, se puede concluir este decálogo:

Desconfiar profundamente de las propias capacidades y reconocerlo en público; autoexigirse permanentemente, rectificando toda conducta inadecuada, de acuerdo a los dictámenes de la propia conciencia y de la ley de Dios; colocar siempre la política, cada acto cívico, en su contexto y exigencias morales; explicar toda actuación personal con pedagogía paciente; defender la verdad, siempre la verdad, y reconocer los propios errores, porque es una parte decisiva de la verdad; cultivar el buen gusto y el sentido estético de toda la actuación pública; reafirmar que se está en la vida política para servir, incluso por encima o contra los gustos personales; destacar los límites que no se está dispuesto a traspasar en virtud de una supuesta libertad; rechazar profundamente todo totalitarismo y, en especial, el materialismo marxista; incentivar al máximo las capacidades de cada persona, por encima de las burocracias estatales y del propio poder político.

Se busca, wanted (ya existe, por cierto) el político chileno que encarne este decálogo en plenitud.

¿Lo conoce?

Odio callejero

Fue este lunes recién pasado. Eran las 18.40 cuando en la esquina de Pedro de Valdivia con Eleodoro Yáñez, sí, justo al costado del Caleuche, se oyó un lejano "Rojas".
Una mirada hacia atrás y nadie conocido. A los pocos pasos, esta vez más clara, una nueva llamada, algo así como "Rojasista".
Un individuo, de unos 50 años, bien educado, bien alimentado y bien vestido, acompañado de una mujer algo menor, avanza caminando mientras grita de forma ya evidente: "Rojas, fascista". Al llegar al cara a cara, pregunta: "¿Tú eres Rojas, el de El Mercurio"? Sí, yo escribo los miércoles; encantado: ¿con quién tengo el gusto de hablar? La mano queda estirada, porque el sujeto, quien da su nombre de inmediato, acota que él no saluda a los fascistas criminales.
Y de ahí en adelante no para. Durante 3 ó 4 minutos -incluso ya subido a un bus del Transantiago- gatilla sus adjetivos (sustantiva, más bien). "Criminal, manipulador, mentiroso, fascista". Animado a conversar, por ejemplo, sobre el fascismo como movimiento, se niega a todo diálogo. Su afirmación es lapidaria: "Tú eres un fascista criminal; apoyaste a Pinochet, perteneces al sector más duro de la UDI, escribes para el diario de ese otro miserable y cómplice de crímenes que esŠ". Cuando se le consulta por un posible diálogo a través del blog de Emol, arde de indignación: "Escribo todas las semanas, pero me censuran".
Y vuelve a la carga: "Manipulador, mentiroso, criminal; han pasado más de 35 años, pero ya se te va a acabar la teta, ya llegará tu hora."
Se ensaya una última posibilidad: No, no soy un fascista; eso es tan falso como que usted sea un primateŠ Pero, qué ingenuidad; la pretensión de que reaccione racionalmente está totalmente descartada. "Rojas, fascista criminal", es lo último que grita desde su bus ya en marcha.
¿Mapucista? ¿Socialista? ¿Comunista? ¿Mirista? Eso importa poco: en él estaba condensado todo el odio del siglo XX. Ahí estaban Marx y Engels, Lenin y Trotsky, Stalin y Beria, Brehznev y Andropov, Kadar y Ulbricht, Hoenecker y Ceacescu, Ho Chi Minh y Pol Pot, Guevara y Castro; por las ráfagas de sus palabras se asomaron Katyn y Kolyma, la Lubianka y Nazino, La Habana y Managua, Saigón y Phnom Penh.
Ese odio, esa irracionalidad y esa agresividad caminan también por Providencia y por Maipú; votan además en el Parlamento y se enseñan en algunas Universidades. Sí, eso que comenzó a difundirse desde el poder en 1970, eso, todavía existe en Chilito.

Jorge Sabag

Ha terminado la votación en la Cámara de Diputados y se ha dado un paso más en la escalada para convertir a los embriones en los nuevos esclavos de la voluntad de los adultos y de los adolescentes. Está retornando la esclavitud, ha comenzado a vencernos la barbarie.

A esa decisión han colaborado cinco legisladores de la UDI, cuyos nombres deben permanecer para siempre en el otro memorial, el del oprobio, mientras no rectifiquen su posición y no pidan públicas disculpas por su negligencia: Juan Lobos, Iván Moreira, Juan Masferrer, Felipe Salaberry y Edmundo Eluchans, son quienes han olvidado por qué vivió y murió Jaime Guzmán: por Dios, por Chile, por cada uno de los compatriotas nacidos y por nacer.

Pero estimados cinco, no se preocupen: no les va a pasar nada, la UDI no los va a expulsar, porque sus resortes de supervivencia están casi completamente vencidos. Sólo se iniciará con ustedes -por parte de muchos jóvenes con ideales- la más consistente campaña para que los que van a la reelección no obtengan ni un solo voto de quienes aún conservan en Chile su dignidad. Y ojalá pierdan sus cupos. Para eso trabajaremos.

Al frente -qué ejemplo notable- ha habido un coloso: Jorge Sabag ha sido el único diputado de la Concertación que ha votado en contra. Lo anunció con valentía, con aquel coraje que sus convicciones le planteaban. Y sostuvo su posición contra una coalición entera que miente cuando afirma defender los derechos humanos.

No olvidó Sabag, católico de verdad, que la "Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política", establece que "Juan Pablo II, en línea con la enseñanza constante de la Iglesia, ha reiterado muchas veces que quienes se comprometen directamente en la acción legislativa tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana."

No se le movió un pelo al democratacristiano para afirmar días atrás que "la vida es un valor intransable y la voy a defender aunque me cueste la expulsión o el cupo parlamentario."

Ahora, cuando se aclara quién es quién, sólo cabe decirle a J. Sabag, a J. A. Kast y a N. Monckeberg: gracias, cuenten con nosotros, porque la lucha contra la barbarie está recién promediando.

El lamento no basta

Son muchos los que se han tomado la cabeza a dos manos en estos días recientes y se han preguntado: ¿y ahora por quién podemos votar?
Usted verá, buen señor; haga lo que en conciencia estime conveniente, buena señora. Pero a no olvidarse de una cosa importante (o quizás, a pensarla por vez primera, los más jóvenes): con el voto se elige a unas pocas personas para que manden o representen, pero no se agota ahí la tarea del ciudadano en la vida social.
Por importantes que sean los comicios, por significativa que resulte cada rayita junto al candidato (o varias, si usted anula), lo más importante que se espera de quienes sufren y se enojan con las claudicaciones de tantos políticos, es que trasladen esas energías algo estériles hacia tareas públicas de relevancia proporcional.
Ojalá pudiéramos decir, imitando a Jaime Guzmán, que votamos diez y cien veces al día, porque empujamos nuestras convicciones en Colegios profesionales y en clubes deportivos; en asociaciones empresariales y en centros de alumnos; en ONG solidarias y en centros culturales; en partidos políticos y en emprendimientos de comunicaciones; en sindicatos y en universidades, institutos y colegios.
El problema es que aquella frustración electoral suele llevar aparejada una pasividad grande en las tareas de acción social efectiva. Y se oye esa lamentable cantinela: "Total, mientras esté la Concertación, ellos lo controlan todo y por lo tanto, nada se puede hacer." Pero eso es tan falso, egoísta e inconsecuente como quien abandona a los más débiles, a los nonatos, porque aún no son electores.
Al revés: mientras mayor sea la perplejidad electoral, más fuerte ha de ser la determinación social.
A no desesperar, por lo tanto y a preguntarse más bien: Yo, ¿a través de qué organizaciones sociales estoy influyendo? ¿Qué espacio logro llenar con mi actividad? ¿Está en paz mi conciencia -así como debe estar muy revuelta la de otros- en materias de participación social concreta?

El pacto DC-PC



Siete explicaciones tiene todo pacto entre un cristiano y un marxista.

Ya sea en política o en cultura, en sociedad o en economía (y para qué decir en materias de moral o de fe), cada una de esas explicaciones se basta sola para mostrar la claudicación del cristiano, pero hay especímenes que a veces las hacen confluir todas, demostrando la más notable pobreza en sus posturas.

En primer lugar, el pánico físico y moral. Hay cristianos que se mueren de pavor ante la posibilidad de que un comunista los enfrente con riesgo vital o para su prestigio.

En segunda mirada, la debilidad intelectual, porque existen cristianos que desconocen la verdad de las exigencias de la doctrina que supuestamente profesan, o las han aguado tanto, que el parecido con su original es sólo semántico.

Un tercer aspecto es el vacío histórico, porque ignoran -o no quieren saberlo- que el comunismo es el mayor genocida de todos los tiempos -aquí y en todas las quebradas del ají- y que hasta hoy elimina a destajo.

Un cuarto aspecto es la torpeza táctica, porque han comprobado mil veces que sus electores moderados los abandonan y no compensan las aportaciones coloradas, pero perseveran en sacar mal las cuentas.

En quinto lugar se les presenta el engaño de la reciprocidad, porque creen que un pacto así es un pasando y pasando, como si entre los comunistas hubiese algún sentido de la justicia y del cumplimiento de los deberes.

Una sexta razón es la simpatía encandilante con que los marxistas los arrullan, logrando que los cristianos ignoren (oh, qué mal pensados somos) que, a sus espaldas, en el PC se ríen a carcajadas de la ingenuidad de sus nuevos socios.

Ah, y finalmente, lo más pobre y penoso: la explicación a veces autosuficiente es el simple miedo a perder una eleccción y el poder; en algunas oportunidades ese ha sido el cierre, el broche de tantas otras claudicaciones, pero quizás ahora sea la única razón.

De las demás, ni se imaginan que existan.