Tres tendencias, tres cambios

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Buenos días éstos para pensar en el Chile del Bicentenario, en el que probablemente se habrán consolidado las nuevas mentalidades y tendencias que ya hace más de 30 años comenzaron a asomarse. Será ésa la mejor demostración de cuánto y cómo cambió el país después de 1973.
Por una parte, habrá quedado claro que se pasó del estatismo a la responsabilidad personal. El tránsito de aquellos períodos de las planificaciones globales de los años 64 (Frei) 70 (Allende) y 75 (Pinochet) que pretendían generar toda una nación de nuevo, desde cero y en todos los campos (Góngora) se habrá completado, consolidando el pequeño negocio, la iniciativa personal; atrás habrá quedado la mentalidad de "el Gobierno dicta el rumbo y yo me adapto en lo que puedo," que era propia de los chilenos hasta muy entrados los años 80, y habrá sido reemplazada por un "yo busco caminos nuevos, creo, invento, arriesgo y si es necesario, vuelvo al gobierno mediante lobby", mentalidad que comenzó a surgir tímidamente en los 50, luchó por mantenerse en los 60, se asomó al triunfo a finales de los 70 y pareció consolidarse en los 80; también en la cultura se habrá marcado una diferenciación significativa entre el Estado y los particulares. La gran ventaja de esta tendencia está en el incentivo a la creatividad, pero su gran restricción puede estar en el olvido de la pobreza.
En contraste, probablemente se seguirá mostrando una alarmante tendencia a superar la austeridad como virtud, por una afán de consumo y ostentación. Quizás en 2010 se recuerden con nostalgia esos tiempos en que el interés se centraba en los contenidos, algo que era propio de los 60 y 70 (¿para qué tener algo?), lo que se expresaba en viajes culturales, compras de libros y vida social muy conversada, y se mirará con cierta perplejidad la preferencia por las formas que comenzó a ser lo típico de mediados de los 80 en adelante (¿a quién impresiono con esto?), lo que se expresó en conocidos viajes de negocios y en espectaculares viajes de descanso, en compras de suntuarios y en vida social de eventos. A esas alturas, quizás ya no impresione que la transición que se dio en los 80 desde el crédito para inversión y propiedad en la casa y en el auto único, haya terminado en el crédito para consumo centrado en bienes reemplazables en lapsos breves. Quienes defiendan esta tendencia hablarán a su favor como signo de la ruptura de la mediocridad, pero muchos mirarán su presencia como una señal de la opresión que los medios pueden causar sobre los fines.
Y como tendencia complementaria, cabe consignar el paso en el Chile contemporáneo de la aceptación de una moral objetiva al relativismo moral. Algunos ejemplos lo muestran muy nítidamente: por una parte, se ha transitado desde la familia conceptual y fácticamente normales (ambos padres viviendo juntos y pluralidad de hijos) a las uniones de todo tipo y circunstancia asimilables a familia (segundas y terceras nupcias, concubinato, uno con uno y una con una, uno solo, uno con animales, etc.); por otra parte, se ha pasado de la probidad funcionaria y profesional, como un orgullo nacional y ejercida con sobriedad y sin mayores quejas, lo que era propio de los 60, a las relaciones turbias, éticamente reprochables e incluso delictuales, muchas veces acompañadas de quejas virulentas sobre los niveles de sueldos, lo que ha sido propio de los años 80 en adelante. Paralelamente se ha producido la ruptura de las relaciones entre religión y moral: muchos creyentes sólo rezan, pero no buscan la coherencia en sus vidas. Externamente, esta tendencia relativizante se ha expresado en un desprestigio de las formas. La ventaja de esta nueva mentalidad está en la claridad del lenguaje público, casi sin eufemismos, pero su restricción ha venido consistiendo en la deformación de lo natural.
Si tiene un tiempito en estos días de cueca y chicha, échele una mirada a estos puntos y saque conclusiones personales.