Ha muerto Ray Bradbury.

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Cuando escribió Fahrenheit 451 sumó su certera visión del  totalitarismo a las que ya habían difundido Huxley en Un mundo feliz (inadecuada traducción para ³brave new²) y Orwell con 1984. Después se agregaría Gore Vidal con La institución smithsoniana, inferior, pero muy interesante también.

Hay que quemar los libros: ésa es la consigna que mueve al Estado de Bradbury. Pero no sólo hay que quemarlos: hay que reemplazarlos por las pantallas. Hasta tres paredes cubiertas de imágenes en movimiento e interactivas imagina Bradbury para las casas de la sociedad que describe. Y donde caben tres, caben cuatro, obviamente.

Las pantallas traen pantallas. Quien quema libros, promueve pantallas; quien promueve pantallas termina odiando los libros.

Así estamos.

De las pocas pantallas televisivas y en blanco y negro de la gesta del 62, pasamos al color, y del color a las pantallas computacionales, y desde éstas a las personales.

Hoy el celular propina pantallazos.

 Cientos de miles de chilenos han comenzado a caminar con la vista baja, centrados en la pequeña pantalla, absortos en twitter, facebook, whatsapp y lo que venga.

Las pantallas traen pantallas y el pantallazo va asesinando lo mejor de las neuronas, quizás irreversiblemente.

La amistad cara a cara  -Italo Calvino afirmaba que los amigos cultivaban su amistad mientras leían los mismos libros-   se va haciendo muy difícil. Una mirada a los ojos y tres a la pantalla.

La austeridad queda relegada a ñoñería, porque es de nerds o pernos no tener la mejor y más moderna pantalla. Reemplazar las pantallas pronto, sociedad del desecho. En ese contexto ¿a quién se le ocurriría guardar un libro?

El pensamiento abstracto se bate en retirada. Las pantallas entregan 140 caracteres de banalidad pura y estimulan a la acción inmediata: responder con otro pantallazo lo primero que se te ocurra. Ah y convocar a la acción, nunca a pensar, porque para esto hay que leer libros.

El anonimato se impone sobre la responsabilidad y lo importante es cuántos mensajes se mandaron y a quién, no qué libros se leyó y para qué. Así, por cierto, se escribe de cualquier modo, sin ortografía ni sintaxis. Y entonces, cuando hay que leer un libro (uf, por maldita obligación) ya ni se reconocen las palabras y no se es capaz de reproducirlas después. A Cyberia mandó relegado un  alumno a Solzhenitsyn.

No hace falta quemar los libros; están dinamitando las neuronas y los afectos. Basta eso para controlarlo todo.
Gonzalo Rojas Sánchez