¿Por qué fallan los dirigentes de la Alianza? - Columna analítica

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   Los dos partidos antiguos y los dos movimientos nuevos avanzan en sus procesos de renovación o consolidación de dirigencias.
    Casi todos los dirigentes a cargo de esas colectividades son buenas personas y uno que otro, además, tiene algún carisma personal que lo distingue dentro de la fomedad aliancista.
     ¿Por qué se equivocan tanto entonces? ¿Por qué sus electores intuyen anticipadamente que  la inmensa mayoría de estos dirigentes no son pollo pa' caldo?
        En primer lugar, por su falta de formación: leen muy poco, no leen lo que deben, y entonces piensan parados en cuatro tablitas de artes manuales.
       Obviamente eso implica que se han ido convirtiendo en hombres y mujeres de pocas convicciones y muy confusas; si por la imagen hay que claudicar, claudicamos; después la arreglamos.
   Lo anterior los va configurando como gestores de proyectos que transitan desde el bien común hacia el bien del grupo y se terminan expresando en el bien personal, porque hay que reelegirse y los periodos son breves. Su generosidad está puesta al servicio de su propia auto realización.  Se dirigen.
      Entonces aparecen las incoherencias: primero las de palabra (contradicciones en casi cada entrevista, entre una votación parlamentaria y otra, entre lo dicho en privado y lo afirmado en público); y después las de la vida, porque aunque dicen no tener horas de descanso, las que sí manejan para sí mismos, uff, cómo son.
Carecen de tiempo además: lo ocupan intensamente, pero pobremente. Para corregir errores volviendo a los fundamentos, nunca hay tiempo; para la familia va habiendo cada vez menos tiempo. Si no son políticos en su casa: ¿cómo confiarles la casa común?
      Súmele que van perdiendo las adecuadas relaciones para pedir consejo, las imprescindibles relaciones de amistad para desahogarse, las naturales relaciones con Dios y sus ministros para ordenar el alma.
       ¿Broche de oro? Nada de lo anterior les parece aceptable, no se examinan a partir de estas críticas (como debemos hacerlo todos en cualquier actividad sujeta a escrutinio) y, por lo tanto, no se corrigen.
    Son pocos los que están exentos de la situación descrita. Los que al leer estas líneas agradecen, también son muy pocos. La mayoría se enojan con el autor, no con ellos mismos.


Gonzalo Rojas Sánchez
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