Los ejemplos silenciosos

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Ya no es una moda pasajera; desgraciadamente se está convirtiendo en tendencia.
Ciertos columnistas han hecho de la crítica a determinados grupos de creyentes un tópico acostumbrado en sus planteamientos. Para reafirmar el valor de sus propias actividades en el mundo asistencial, educativo o pastoral, pareciera que les sirve de contraste un bulto informe que han creado a su pinta: esos creyentes burgueses, de golpe en pecho, insensibles a la pobreza, aunque ricos en doctrinas inútiles que esgrimen para ajusticiar a quienes desprecian.
Pero las personas que esos columnistas describen, no son así; esas personas no son esas personas.
Eclesiásticos o agnósticos, esos columnistas tendrían que contestarnos con sinceridad estas interrogantes:
¿Conocen la conciencia de esas personas a través de conversaciones personales en que ellas les han revelado vidas tan mediocres e hipócritas? Si es así, hay obligación de guardar silencio y ayudarlas a mejorar; y si no es así, ¿cómo se atreven a juzgarlos?
¿Controlan las 24 horas del día de esas personas, las vigilan y tabulan como para enterarse de cada una de sus acciones y poder sacar conclusiones válidas sobre su actuación completa? Si es así, hay que dar a conocer esa información tan valiosa para la sociología chilena y mostrar las fuentes; y si no es así, ¿cómo aventuran una conclusión tan seria?
¿Aceptan la diversidad de acentos en la acción personal, la diversidad de estilos y espiritualidades, o aspiran a una uniformidad por ellos controlada? Si es la primera opción, vayan diciéndolo con claridad: queremos creyentes y ciudadanos un, dos, tres, todos iguales; si no es así, vayan cultivando algo más de respeto por la legítima libertad.
Lo curioso es que las personas aquéllas, las tan criticadas y denostadas, no parecen enojarse ni protestar, no parecen desanimarse ni desconcertarse. Seguro que perdonan y siguen adelante.
Pero alguien tiene que decir que efectivamente se comportan así y que muchos de ellos son calladamente ejemplares.