Navidad y segunda venida de Cristo

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La Segunda, 24 de diciembre de 1982
Mucho se ha hecho, últimamente, por rescatar el sentido cristiano de la Navidad. Por conseguir que en la fiesta de hoy, nuestro pensamiento se dirija básicamente al pesebre de Belén, más que al bolso de regalos de Santa Claus.

Sin embargo, creo que el nacimiento de Cristo en Belén sólo se entiende plenamente, ligándolo a la segunda venida del Mesías, al fin de los tiempos.

Ante todo, el pesebre de Belén se nos ilumina en su sentido y valor, en función de que su estrella nos conduzca a conocer y procurar, seguir fielmente las enseñanzas de Cristo. Es el modo de aprovechar los frutos redentores de su posterior muerte y resurrección gloriosa.

Recordarlo en la hora actual, parece especialmente importante. Porque admirar a Cristo en su mera condición humana, va muy unido al error de convertirlo en fuente de un mensaje de simple amor sensible y afectivo. Y ni lo uno ni lo otro puede confundirse con el verdadero cristianismo.

Cristo trae al mundo como primera afirmación- y exigencia de fe- el reconocimiento de sus dos naturalezas: divina y humana. Es Dios Hijo encarnado. Ningún simple humanismo, aún apodado de cristiano, puede pretenderse pues equivalente al cristiano.

También Cristo insiste en que no hay verdadero amor si no es en la observancia de sus mandamientos. La caridad- virtud teologal- consiste en amar a Dios, y al prójimo por amor de Dios. Amores ambos inseparables entre sí e indisolubles, a su vez, de la moral cristiana. Jamás el amor cristiano podrá identificarse con la sensiblería blandengue o con el capricho relativista de creer que cada cual puede construir “su” propia moral subjetiva.

Con todo, lo anterior sólo cobra su plena dimensión desde la perspectiva de la segunda y postrera venida del Mesías.

Aunque los católicos rezamos en el Credo de que Cristo “vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos y su reino no tendrá fin”, hay quienes parecieran atribuir a esta verdad un supuesto carácter incierto o simbólico.

Quizás asusten a muchos los terribles efectos cósmicos que anunciarán la segunda venida de Cristo: “Se oscurecerá el sol y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo y los poderes del cielo se conmoverán” (Mt. 24, 29).

Tal vez retraiga a algunos la gravedad de los signos morales que precederán ese acontecimiento: “antes ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de iniquidad, el hijo de perdición que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo”. (2 Tes.2, 3-4).

Acaso desinterese a otros del tema la creencia de que esos sucesos están muy lejanos y no los viviremos. A eso contesta San Pedro: “no se os oculte que delante de Dios un solo día es como mil años, y mil años como un solo día”. Y agrega: “pero vendrá el día del Señor como ladrón, y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos, abrasados, se disolverán, y asimismo la tierra con las obras que hay”(2 Pt. 3,8 y 10).

El cristianismo es, por tanto, inseparable de la escatología o doctrina sobre las postrimerías. Tanto la escatología individual de nuestra propia muerte, como la escatología universal del fin de los tiempos, pertenecen a la esencia de la fe cristiana. Por nuestra muerte llegaremos a la contemplación de Dios, y por el fin de los tiempos y la segunda venida de Cristo, -o Parusía-, Él implantará Su reino en plenitud. Ese “cielo nuevo y tierra nueva” de que nos habla el mismo San Pedro, contra el cual no tendrá ya poder el demonio, el pecado ni la muerte.

Así como Israel fue elegido para ser el pueblo que por varios siglos esperase al Mesías que nacería de él, la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios- institucional y jerárquicamente estructurado- que peregrina hacia la segunda venida del Señor.

La conspiración del silencio que hoy pesa sobre las postrimerías y el fin de los tiempos, es una obra diabólica para oscurecer todo el sentido cristiano y escatológico de la historia y del misterio redentor del Hijo de Dios encarnado.

Al dirigir hoy nuestro pensamiento al pesebre de Belén, pienso que un buen barómetro de la penetración en dicho misterio, es preguntarnos cuánto y cuán intensamente aguardamos la segunda venida de Cristo, en gloria y majestad, al fin de los tiempos.