Pequeños actos de violencia

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Miércoles 11 de diciembre de 2013

Un profesor de la U. Metropolitana de Ciencias de la Educación que preside la asociación de académicos no marxistas camina por su campus, siente que alguien corre hacia él y recibe una patada voladora en su espalda. El Presidente de la República asiste al velatorio de un conocido sacerdote y es escupido por una joven mujer. Un senador recién electo recibe un tomatazo en su rostro mientras realiza actividades de campaña pro Matthei; el agresor huye a toda velocidad.

Son solo pequeños actos de violencia. Pero ¿hay algún acto violento que pueda ser realmente pequeño, mínimo, poco importante?

La estrategia del minimalismo violentista apunta justamente a que no se le dé mayor importancia a cada uno de sus actos. Un bombazo por aquí, una patada por allá. Que importen poco, que digan mucho.

Pero, considerados en su esencia, ninguno de esos actos es pequeño. Todos llevan por fuera y por dentro la etiqueta del mal, por varias razones.

Por una parte, porque agreden a personas objetivamente importantes, a las que buscan privar de sus legítimas dignidades. Por otra, porque estimulan la perpetración de acciones similares, generando una reacción en cadena. En tercer lugar, porque consiguen publicidad, en un mundo donde la normalidad es despreciada. Como cuarta razón, porque animan a sumarse a cuanto individuo disfuncional esté disponible; después, porque confunden a los tribunales de justicia y, finalmente, porque corren el límite de lo aceptable: un bombazo es rareza, cinco son habitualidad, cincuenta se presentan como expresión popular.

Pero el más grave de todos sus objetivos es otro: simplemente asustar, amedrentar, aterrorizar.

Entre tantas cosas que se le deben a Pablo Longueira, hay una en la que insistió con frecuencia: lo grave que puede ser que los jóvenes, por variados motivos, eviten el servicio público. Ciertamente, hay otras razones aparte de la violencia de la que pueden ser objeto, pero el daño moral o físico que podrían experimentar no deja de ser motivo suficiente como para pensar en dedicarse a otra cosa.

En la encrucijada a la que nos enfrentaremos desde el próximo lunes, la violencia no será un dato menor.

Nunca la ha invocado la Democracia Cristiana, nunca la han propiciado los partidos de la actual derecha chilena, nunca el Estado de Chile la ha justificado, aunque haya habido momentos en que algunos de sus administradores civiles o militares la hayan practicado.

La situación de la izquierda es muy distinta: El Partido Socialista comenzó a promoverla abiertamente desde 1965; el Partido Comunista jamás la ha rechazado como método legítimo; el MIR la justificó y practicó durante ocho años en democracia; los anarquistas llevan un siglo largo de acción directa, o sea, métale bomba y pistola. Las notables recopilaciones de Víctor Farías y Patricia Arancibia dan abundante cuenta testimonial de esa realidad.

¿Qué explica esta tendencia criminal? No es la locura. Que nunca más se diga que el violentista está loco, porque eso lo haría moral y jurídicamente irresponsable.

Es el odio lo que fundamenta la violencia. Jorge Millas la definía como la anulación del otro mediante el sufrimiento. Pero no se piense que la víctima directa es solo el efectivamente mutilado o asesinado. Esa mirada reductora olvidaría que toda una sociedad queda paralizada cuando teme al sufrimiento causado por la violencia. Y las izquierdas conocen bien esa debilidad humana. A fin de cuentas, ninguno de sus militantes es un robot. Todos tienen conciencia, todos deliberan. Y cuando deciden aplicar la violencia, selectiva o generalizada, es que lo han pensado muy a fondo. No es un exabrupto.
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