Presencia y dignidad

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Las cosas se pueden decir de varias maneras. Quizás se podrían haber dicho mejor.

Las personas podemos mostrarnos de muchas maneras; hay ocasiones en que podemos presentarnos mejor.

Ambos criterios confluyen en la controvertida instrucción sobre uso de cierta ropa en las funcionarias de la Cuarta región. Se pudo decir mejor, ciertamente; pero también todos podemos mostrarnos mejor.

Hay que acercar posiciones, entonces, porque lo dicho, en el fondo, es que para representar hay que presentarse. Ahí está la médula de la cuestión. No en los centímetros de más o de menos, no en las pieles visibles o cubiertas, sino en la función simbólica del vestir: lo que queremos mostrar es lo que pretendemos demostrar.

Jamás debe exigirse que un alumno ingrese a clases con pantalones largos o sin musculeras. El tipo no puede verse peor, pero se le debe decir en privado, explicándole la función representativa de la ropa. El verá.

Jamás debe hacerse una clase con pantalones cortos o en musculeras. Quien lo hiciera, debiera esperar -al menos- una mirada incrédula de sus alumnos, una conversación amable de su decano para ayudarlo a corregirse, una broma simpática de sus colegas respecto de su ridiculez. Porque el que enseña, representa, indica, simboliza, y por ahí pasan grandes bienes: la verdad y la belleza, el bien y la unidad.

Y si no pasan, se atascan.

Análogamente, el que administra conduce, anima, congrega. Y por ahí pasan grandes bienes: la cooperación y el esfuerzo, la comprensión y los proyectos.

Y si no pasan, se atascanŠ

La cuestión es, entonces, delicada. ¿Con qué ropa queremos enseñar o administrar? Sí, con qué ropaŠ

Gonzalo Rojas