La roca, Chile.

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Manuel Sepúlveda no sólo ascendió lleno de enérgías a la superficie, sino que antes de subir, también se dio el tiempo y encontró la imaginación para agradecer a sus rescatistas con lo más propio de esos 70 días: unas piedras del fondo de la mina. Llegó, se agachó, sacó el material de una bolsa y lo repartió a las autoridades, como si de Navidad se tratase.

Dentro de todas las emociones de estos días, esas piedrecitas están hoy en un lugar muy secundario, pero no debieran pasar inadvertidas y, con el transcurso del tiempo, podrían encontrar un lugar de privilegio no sólo en el museo respectivo, sino en el recuerdo nacional.

Primero, porque Sepúlveda demostró que hasta en las circunstancias más adversas, se puede pensar en los demás. Sabía que para los que lo esperaban afuera, un abrazo, unas palabras, unas miradas, durarían sólo un tiempo breve, mientras que un objeto perduraría. El hombre, campechano y distendido por carácter y trayectoria, fue capaz de meditar en serio con qué objeto duradero podía dejar indeleble su gratitud. Quizás alguno de los que mira ahora esa piedrecita recuerde también los trozos del Muro de Berlín y el efecto que causan en sus poseedores.

Segundo porque, amante profundo de su tierra, Sepúlveda no iba a despreciar la roca que le había dado sustento, aunque estuvo también a punto de causarle la muerte. Esa roca grandota llamada Chile, apenas sostenida entre cordillera y mar, esa roca que nos cobija a todos, conscientes de que habitamos un territorio maravilloso, pero que ha existido siempre -como muy pocos en el planeta-   entre la vida y la muerte, quedó para siempre simbolizada en las piedrecitas que desde los 620 subió Sepúlveda.

Y, tercero, porque cada vez que él y los poseedores de esos trozos de materia contemplen la dura roca, recordarán que todo fue posible por una aventura del espíritu, de la oración, del trabajo bien concebido y bien hecho, de la amistad, de la fraternidad. Una roca, inerte, hablará también por contraste y desde su precario silencio, de todas esos corazones que vibraron sin límites para reafirmar el bien de la vida.

Gonzalo Rojas Sánchez