Un año antes, 40 años atrás.

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        Fue en los primeros días de septiembre de 1972, concretamente el 2, que el Presidente Allende denunció que había un plan derechista para derribar su gobierno. Lo llamó simplemente Plan de septiembre.

        Curioso: faltaba todo un año para que su gobierno terminara efectivamente por el Pronunciamiento militar del Once de septiembre de 1973, y ya el Primer mandatario se imaginaba en el escenario de su deposición.

        ¿Porqué Allende se refería  a un supuesto plan de "los reaccionarios" y de "las finanzas extranjeras que quería recuperar para el capital estadounidense y para los plutócratas chilenos -así los calificaba-   la propiedad de minas, industrias y campos"?

        Porque percibía perfectamente que desde mediados de 1972 en adelante, se había venido desarrollando una fuerte tendencia de intereses sectoriales de mediano y largo plazo, que conducida por los líderes gremiales  -en el sentido amplio del término, es decir profesionales, estudiantiles, sindicales, empresariales, etc.-   comenzaba a adoptar medidas huelguísticas de larga duración y se expresaba en concentraciones masivas, que ya contaban con presencia de numerosos ciudadanos.

        A Allende ciertamente le convenía vincular, entonces, esos propósitos genuinamente chilenos y patriotas, con una supuesta alianza con el gran capital foráneo. Y más aún en septiembre, mes de la Patria. Por eso no vaciló en amenazar que en caso de concretarse ese golpe de estado, los trabajadores lo enfrentarían con una huelga general y con la ocupación de fábricas y edificios.

        Era la difusión de la tan conocida dialéctica marxista: los trabajadores con la izquierda; los ricos y los imperialistas con la derecha.

        ¿Y los militares? Para Allende no eran parte del problema, sino justamente la solución. Encontraba en Carlos Prats un comandante en Jefe subordinado que declaraba a fines de mes que "el Ejército no mancharía sus armas y sus uniformes con la sangre de miles de su compatriotas."

        Seguramente a Allende esa declaración lo dejó tranquilo, justamente cuando los síntomas del consiguiente paro de Octubre se manifestaban ya por todas partes. Pero quizás se preguntó también: ¿Es que ya los militares son conscientes de que las organizaciones armadas de la izquierda le darían dura batalla a las Fuerzas Armadas en caso de un pronunciamiento? ¿Por qué Prats hablaba de miles de muertos?

        Cinco semanas después lo nombraría en el gabinete como ministro del Interior. Había que reforzar su lealtad. No fuese que la civilidad opositora lograse algún día convencer a las Fuerzas Armadas de que también ellas estaban en peligro de extinción.

        Ese peligro que Prats  ya en septiembre de 1972   -quizás sin darse cuenta de lo que decía-   cuantificaba en miles de compatriotas.

Gonzalo Rojas Sánchez
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