Desde Rancagua, un ejemplo - Columna sobre la UP-16

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        El paro de octubre de 1972 había dejado una convicción muy valiosa en los variados actores sociales que lo habían coordinado y llevado adelante: unidas e inspiradas en el gremialismo, esas fuerzas podían enfrentar la amenaza gobiernista con singular eficacia.
        Así sucedió desde el 20 de junio de 1973, cuando miles de profesionales, profesores, estudiantes, médicos, enfermeras, dentistas, ingenieros, transportistas y farmacéuticos, iniciaron un paro solidario con los mineros de El Teniente, quienes completaban ya largos dos meses en huelga. Tan grave era la situación, que el propio Allende se hizo presente ese día en el mineral, después de que habían fracasado sus conversaciones con los dirigentes mineros en los días previos.
        Las negociaciones se habían realizado entre el 15 y el 16 de junio, en un contexto de auténtica batalla campal entre unos dos mil mineros que se habían venido a Santiago desde Rancagua -apoyados por estudiantes y otros trabajadores- y las fuerzas policiales, a las que se sumaron obreros adictos al gobierno. El saldo había sido de un muerto y 63 heridos. Frei Montalva, presidente del Senado, calificó de "brutal" la represión policial. La batalla se reanudó el día 19: de nuevo volaron las piedras y las lacrimógenas.
        En ese contexto, la decisión tomada el día 20 por los gremios opositores no sólo se fundaba en el caso concreto de los cupríferos, sino que se asentaba en un rechazo generalizado y creciente a las políticas económicas allendistas.
        Por cierto, la CUT respondía con la misma moneda: convocando a una huelga nacional para el día 21 la que, en palabras de su presidente, conseguiría paralizarlo todo, incluido los sistemas de alumbrado y telefónico, "para que los reaccionarios puedan medir la fuerza de la clase trabajadora." Curiosa manera ésta la de apoyar a su propio gobierno mediante un paro.
        Fueron momentos muy duros para Allende. Como siempre, buscó salida a base de muñeca, intentando atraer de nuevo a mandos militares al gabinete, pero esta vez la respuesta fue clara: sólo estudiarían la posibilidad, si el gobierno abandonaba el plan de generalizada socialización, lo que Allende no quiso considerar.
        Mientras los mineros alojaban en la casa central de la Universidad Católica  -y resistían el 22 de junio un asalto con armas de fuego en pleno mediodía-  en Rancagua, por su parte, se vivía ya en un cierto Chile liberado: los agricultores del sur proporcionaban alimentación a los mineros; la radio y el periódico local apoyaban su causa.
        Para evitar que esa posibilidad se extendiera más y más por Chile, el gobierno consiguió el 21 cerrar judicialmente y por seis días el diario El Mercurio, por lo que al día siguiente el periódico no apareció por primera vez en sus casi tres cuartos de siglo de existencia. Por la tarde, la Corte de Apelaciones levantó la medida.
        Sólo el 2 de julio terminaría la huelga en El Teniente. Ese conflicto había quedado parcialmente resuelto, pero la generalidad de los chilenos entendía cada día mejor que la gran amenaza contra sus libertades crecía más y más a medida que se la enfrentaba.

Gonzalo Rojas Sánchez
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