¿Quiere usted ser Presidente?

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Miércoles 15 de febrero de 2012

"Para ser Presidente hay que ser escupido previamente". Así se expresaba Nicanor Parra en uno de sus Artefactos.

¿Escupido? Quizás el poeta quería poner el énfasis en la necesidad de estar en terreno que experimenta todo candidato presidencial; quizás en las contradicciones que sufrirá a lo largo de su campaña; quizás en los fracasos por los que deberá pasar antes de alcanzar la Presidencia. En el universo parriano, vaya uno a saber qué significa exactamente -o indefinidamente- "escupido".

En todo caso, algo nada grato, porque debe ser terrible lanzarse a una candidatura presidencial. Terrible, pero muy necesario.

Por eso, se agradece a los 24 ciudadanos cuyos nombres circulan por diversas publicaciones, cuyas fotos ya van adoptando pose de campaña. Nada de enojarse con ellos, nada de enrostrarles ambición desmedida o carrera anticipada. Al contrario: es muy sano que con casi dos años de anticipación sus historias personales, sus ideas, sus comportamientos desde hoy y hasta diciembre de 2013, estén bajo escrutinio permanente. Claro, corren durante mucho tiempo el riesgo de ser escupidos, pero mientras más meses tengan para confrontar posiciones y contestar preguntas, la posibilidad de recibir el simple y directo escupitajo disminuye. Es el candidato mesiánico el que provoca rechazo; es el candidato de cartón piedra al que no se teme escupir.

A contestar preguntas, entonces. Pero no se trata de reducir las interrogantes a temas tan banales como si usted será 24/7 o no (mejor que sea 10/6 y dé señales claras de respeto al descanso y a la familia), o si usted usará la simpatía maternal o la versatilidad deportiva como imagen personal. Las preguntas tienen que ser tan serias, tan centradas en los grandes temas de siempre, que casi den lo mismo los chistes o las aventuras, las sonrisas o las caricias con que los diversos candidatos van construyendo su imagen humana.

Su verdadera humanidad tiene que mostrarse más a fondo, en las respuestas claras y directas a, por ejemplo: ¿De qué modo y con qué consecuencias concretas entiende Andrés Allamand a la institución familiar? ¿Qué elementos tiene para Laurence Golborne el desarrollo: es un conjunto de índices y gráficos, o implica costumbres y comportamientos? ¿Cómo coordina Pablo Longueira la capacidad de emprendimiento con su contrapartida, la consecución de beneficios para todos los consumidores?

Por su parte, Marco Enríquez-Ominami podrá aclarar qué entiende por vida, desde cuándo está dispuesto a respetarla y hasta cuándo estima que es digna; Claudio Orrego podrá hacerse cargo del nunca resuelto problema de las relaciones de su partido, demócrata y cristiano, con quienes desde el comunismo siguen abiertos a la vía armada y propugnan la completa secularización; y Andrés Velasco se encontrará enfrentado al dilema ¿igualdad completa o reconocimiento y legitimación de las diversidades?

Otros candidatos, porque no debe olvidarse que hay 24 nombres, quizás tendrán que contestar sobre protección social o soberanía, sobre historia nacional o democracia. A cada uno lo suyo, lo más propio, y a medida que pasen los meses de campaña, a cada uno, a los sobrevivientes de los 24, todo.

Mientras mayor claridad, mientras mayor sinceridad, mientras mejores razones, menos posible será que el Artefacto de Parra se transforme en sucia realidad. Más que de los electores, depende de los candidatos, de su comprensión de la gravedad de las tareas que pretenden desempeñar.

Y es en esa amplitud de posibles preguntas donde radica la duda de Michelle Bachelet. Porque los chilenos ya conocen la totalidad de sus respuestas.