De Camila a sus fuentes - Columna camiliana

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        Camila Vallejo ha permanecido sentada en el homenaje a Jaime Guzmán.
        Ha pertenecido la novel diputada a las Juventudes Comunistas; desde niña le enseñaron eso que ella hace con tanta naturalidad: cultivar el odio.
        Describiendo esa deformación, escribí en El Mercurio hace casi un año: "Cultivarás el rencor, nunca perdonarás, mantendrás abiertas tus heridas  -las que estabas dispuesto a recibir en tu afán de ganar una guerra fratricida que te lanzaste a provocar-  porque aunque no te causaron la muerte, sí te recuerdan al enemigo."
        Siempre hay gente que alega porque unos pocos ponemos la mirada y la palabra en los comunistas. Que vivimos anclados en el pasado (Camila se quedó atornillada a su asiento esta mismísima semana); que sembramos la discordia (Camila fundamentó su actitud con duras palabras contra Jaime Guzmán); que nos obsesionamos con un grupo de gente tan insignificante (Camila es uno de los seis diputados de un partido que antes tuvo tres, y antes, ninguno; era un partido al margen, hoy es un partido de gobierno).
        La tradición que inspira a Camila empalma con la de esos jóvenes comunistas que asesinaron al mismo Guzmán. La actitud de Camila es un homenaje a ellos, ciertamente; entronca algo más atrás con Gladys Marín, con lo que ella misma llamó "la política de la rebelión popular que se necesitaba, que era dejar de tener una actitud defensiva para pasar a la ofensiva (Š) En todo eso nosotros hicimos nuestra gran contribución, nuestra gran contribución", afirmaba quien fuera secretaria general de la Jota.
        También escribimos por allá por el 2005: "La Gladys fue tan consecuente, tan coherente, que apoyó la lucha armada formando el FMR, pero presentó querellas en Tribunales de la democracia; despotricó contra la institucionalidad burguesa pero participó de todas sus instancias como candidata; habló de los pobres y oprimidos hasta agotarse, pero éstos nunca le dieron más votos que sus candidatos rivales deŠ la UDI." Vallejo va navegando en esa estela.
        Y, todavía más atrás, está el ejemplo de Pavlik Morozov.
        Robert Conquest relata en El Gran Terror, el caso del joven miembro de los pioneros en las Juventudes comunistas de la URSS, quien delató a sus padres, a quienes consideraba funcionales al campesinado refractario. El padre fue ajusticiado, pero el 3 de septiembre de 1932, un grupo de campesinos que incluía a un tío del joven de 14 años, se cobró la venganza asesinando al pionero. Todos los ejecutantes fueron, a su vez, ajusticiados. Nació así el mito Morozov: El palacio de la Cultura de los jóvenes pioneros en Moscú llevaría su nombre, la prensa lo calificaría como "sagrado y amado", su casa rural fue convertida en santuario para peregrinaciones de los jóvenes comunistas.
        Y Orlando Figes, en Los que susurran, aunque matiza mucho la información, agrega que el culto se extendió por todas partes: cuentos, películas, poemas, obras de teatro, biografías, canciones, estatuas, todos esos instrumentos mostraron a Pavlik como el pionero perfecto, el gran vigilante que debía ser ejemplo para el niño soviético, enseñando que la lealtad al Estado era una virtud mucho más alta que cualquier vínculo familiar o social.  Muchas generaciones de comunistas recuerdan haber tenido a Morozov como el ídolo a imitar.
        ¿De qué nos extrañamos hoy?

Gonzalo Rojas Sánchez