Ilusiones de la DC y de Altamirano

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        Las fuentes pueden ser ocultadas o desfiguradas, pero reaparecen en toda su integridad si hay honradez para leerlas y vincularlas entre sí.
        ¿Y qué muestran?
        Los notables esfuerzos de muchos democratacristianos   -en los primeros diez días de septiembre de 1973- destinados a terminar con la UP, de una vez y para siempre.
        El último fue encabezado por los presidentes provinciales del PDC, quienes propusieron el día 9 la renuncia colectiva del Presidente de la república y de todos los parlamentarios, para que el pueblo pudiese dirimir, afirmaban, la grave crisis política nacional.
        La iniciativa fue apoyada por Luis Pareto, el presidente DC de la Cámara de diputados, quien expresó que la renuncia colectiva "representa el sentir de la inmensa mayoría del pueblo que desea terminar con el Gobierno de la Unidad Popular y elegir un nuevo mandatario."
        Esa ilusoria proposición iba a ser presentada al Consejo Nacional del partido, pero no hubo tiempo.
        No lo hubo, porque en la otra vereda, Carlos Altamirano, secretario general del PS, inflamaba el ambiente, extremaba las contradicciones, mediante su conocida intervención del mismo día 9, en el Estadio Chile.
        Haciéndose cargo de una iniciativa para "declarar vacante el cargo (de Presidente) y llamar a nuevas elecciones", en vez de retomar un diálogo político en esa línea, sus palabras expresaron una voluntad enteramente distinta: el combate.
        Altamirano consideraba que el pueblo libra "una gran guerra por su liberación y por su independencia", que hay que "sacar más energías que nunca para continuar esta gran batalla, en esta dura lucha", que "algunos altos oficiales están sirviendo de instrumentos a los reaccionarios", que "los soldados, marineros, aviadores, carabineros, son hermanos de clase de los trabajadores y no pueden disparar contra ellos"; y citando otras acciones que condenaba, lamentaba que todo eso estaba "sin una respuesta aparente de nuestra parte."
        Su conclusión era obvia: "El PS ha dicho que no puede haber diálogo con los terroristas, con los asesinos, con los que están hambreando al pueblo", por lo que "la conjura de la derecha, piensa nuestro partido, sólo puede ser aplastada con la fuerza invencible del pueblo unido a tropas, suboficiales y oficiales leales al gobierno constituido."
        La señal de Altamirano, esa abierta provocación a la división de las Fuerzas armadas, terminaba con una simbólica referencia, tan ilusa como maligna: "Chile se transformará en un nuevo Vietnam heroico si la sedición pretende enseñorearse de nuestro país."
        Suficiente.

Gonzalo Rojas Sánchez
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